Hay capítulos de la vida que se cierran sin hacer ruido. No anuncian su final… simplemente se van apagando, como la tarde que cae lentamente y se entrega sin protestar a la noche que viene.
Y uno de esos capítulos, quizá el más sagrado, es el que nuestros padres están terminando. No inicia con una tragedia ni con un aviso claro, sino con pequeños detalles que el corazón percibe antes que la razón: un paso más corto, una mirada más cansada, un “¿cómo dijiste?” que nunca habían dicho antes.
De repente, te descubres mirándolos de otra manera. Es un amor distinto, mezclado con ternura, nostalgia y una nueva conciencia: el tiempo sigue caminando, aunque nosotros estemos ocupados viviendo.
Comienzas a notar que las manos que te sostuvieron ahora buscan apoyo. Que quienes te protegieron de tus primeros miedos ahora necesitan ser defendidos de la soledad y del olvido. Te das cuenta de que aquellos que viste como gigantes hoy son seres frágiles, preciosos y profundamente humanos.
Y entonces lo comprendes: hay algo espiritual, algo profundo en todo esto. Dios te está llamando a honrarlos mientras hay tiempo, a cuidarlos como ellos te cuidaron, a convertir tu presencia en un acto de amor, a ser tú la respuesta a las oraciones que ellos hacen en silencio.
Porque llega un punto en la vida en el que:
Lo que importa es estar.
Estar para escucharlos, aunque repitan la misma historia. Estar para servirles, aunque insistan en que “pueden solos”. Estar para abrazarlos, aunque no lo pidan. Estar para agradecerles lo que dieron sin medida.
Porque nuestros padres no solo están envejeciendo… están cerrando un capítulo que escribieron con lágrimas, sacrificios y amor por nosotros. Y aunque no lo digan, sus corazones claman con dulzura:
No esperemos al silencio frío del “ya es demasiado tarde”.
Que Dios nos dé un corazón sensible, una memoria agradecida y unos pasos dispuestos a volver a casa… mientras ellos aún están allí para abrir la puerta. 🙏❤️
