Esa sonrisa inocente, sincera y espontánea nos recuerda que la vida todavía tiene belleza, que aún hay esperanza, que Dios sigue obrando en medio de nosotros. Jesús dijo: “De los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14), y quizás una de las razones es que la sonrisa de un niño nace de un corazón confiado, libre de doblez, lleno de fe sin esfuerzo.
Los hijos sonríen cuando se sienten seguros, amados y vistos. Y es ahí donde el Señor nos habla: ¿No es esa la misma sonrisa que Él desea ver en nosotros como Sus hijos? Una sonrisa que brote de saber que estamos sostenidos por Su mano, cuidados por Su presencia y guardados por Su amor.
Por eso, cada vez que veas la sonrisa de tus hijos, da gracias. No la des por sentada. Ese gesto es un recordatorio de que Dios te ha confiado un tesoro; un llamado a protegerlos, guiarlos, corregirlos y amarlos con el mismo amor con el que Él te ama a ti.
La sonrisa de un hijo es un pequeño cielo abierto en la tierra. Un mensaje silencioso que dice: “Dios sigue siendo bueno.”
Y para aquellos cuyos hijos, padres o seres queridos ya están con el Señor, este consuelo permanece firme: ellos hoy contemplan una sonrisa más grande, más pura y eterna, la del mismo Cristo. Su gozo es perfecto, su descanso completo, y nos esperan en la patria celestial donde ya no habrá lágrimas, ni despedidas, ni dolor, sino una reunión gloriosa en la presencia del Padre.
Allá, donde las sonrisas nunca se apagan, nos volveremos a ver.⚓🙏