HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: EXTRANJEROS,
PERO HIJOS DE DIOS
Había un joven que caminaba cada día como extranjero, aunque había nacido en esta
tierra. No se sentía parte de nada,
y su silencio se volvió su refugio.
No era rebeldía, era cansancio del alma.
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“Enmudecí… y se agravó mi dolor” (Salmo
39:2–3).
Sus padres, también extranjeros, amaban y corregían, pero no comprendían su silencio. El joven
luchaba con una identidad rota,
sintiéndose “ni de aquí ni de allá”.
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“Andaban como ovejas sin pastor” (Mateo
9:36).
Buscando encajar, cambió lo externo, pensando que así sanaría lo interno. Pero el vacío permaneció, porque lo exterior nunca puede sanar el corazón.
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“Dejaron a mí… y cavaron cisternas rotas”
(Jeremías 2:13).
Un día, el padre dejó de exigir y decidió escuchar. Caminó con su hijo, oró con él, y
entendió que criar no es controlar, sino
pastorear el corazón.
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“No provoquéis a ira a vuestros hijos…”
(Efesios 6:4).
El joven descubrió que Dios no lo medía por su apariencia ni por su
silencio. Comprendió que Cristo
también fue extranjero, rechazado, pero nunca abandonado.
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“Despreciado y desechado entre los hombres…”
(Isaías 53:3).
En Cristo halló identidad, descanso y pertenencia. Ya no se vio como extraño, sino como hijo.
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“Ya no sois extranjeros ni advenedizos…”
(Efesios 2:19).
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“Mas a todos los que le recibieron, les dio
potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).
Hoy sigue siendo extranjero en esta tierra,
pero ya no camina solo ni confundido.
Su verdadera patria es el cielo y su
identidad está en Cristo.
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“No tenemos aquí ciudad permanente…”
(Hebreos 13:14).
A veces
el silencio no es rebeldía, es una súplica no dicha.
A veces la obediencia comienza cuando
alguien decide escuchar.
Y siempre, siempre, Cristo sigue siendo
la respuesta.
