La vida es un suspiro efímero, un sueño
que pasa velozmente ante nuestros ojos, y Moisés nos lo recuerda con
claridad en el Salmo 90:5-6: “Como hierba, florecemos por la mañana y por la
tarde somos cortados y secos”. Cada día que vivimos es un recordatorio de nuestra fragilidad y de que la eternidad se
acerca, de que el tiempo que Dios nos concede sobre esta tierra es
breve y precioso. Sin embargo, este sueño que parece tan fugaz no es inútil ni vacío, porque cada
amanecer es una invitación divina a buscar
a Dios, a crecer en fe, amor y servicio, y a preparar nuestra alma
para despertar ante Su presencia gloriosa.
No
desperdiciemos ni un instante en lo vano, en lo pasajero o en las
preocupaciones que no edifican. Cada momento es una oportunidad para sembrar
eternidad en nuestras vidas: en nuestras palabras, en nuestras acciones, en
nuestro amor hacia los demás. El Salmo
90:12 nos insta: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos
al corazón sabiduría”, recordándonos que la verdadera sabiduría se
encuentra en vivir con propósito, conscientes de que nuestro tiempo es un
regalo divino.
Que cada amanecer sea una chispa que despierte nuestra alma a la eternidad,
que cada experiencia y desafío nos acerque más al Señor y nos transforme. Que
comprendamos que la vida, aunque breve como un sueño, puede estar llena de
significado eterno si aprendemos a caminar con Dios en cada paso, con el corazón dispuesto a amar,
servir y glorificar Su nombre. Porque la verdadera plenitud no está en lo que
pasa, sino en prepararnos para la
eternidad junto a Él, nuestro verdadero hogar.
