Efesios 1:13
En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,
Efesios 1:14
que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.
De la
esclavitud a la gloria
Pablo presenta aquí una extraordinaria transición espiritual: de la esclavitud a la gloria. El ser humano se encuentra separado de Dios y bajo el dominio del pecado, pero Dios ha provisto en Cristo el camino de redención. El proceso comienza cuando la persona oye “la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación” y cree en Cristo. El evangelio no es simplemente información que se escucha; es el mensaje de salvación que demanda una respuesta de fe y obediencia. Por eso, cuando examinamos el mensaje apostólico, encontramos que aquellos que recibieron el evangelio fueron llamados al arrepentimiento y al bautismo para perdón de los pecados (Hechos 2:38).
Esta verdad fue anunciada
primero a los judíos y posteriormente también a los gentiles. En Hechos 2:38,
Pedro dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de
Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.”
La promesa no quedó limitada a los judíos presentes en Jerusalén, pues Pedro
continuó diciendo: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros
hijos, y para todos los que están lejos” (Hechos 2:39). Después, en Hechos
10, vemos a Cornelio y su casa, gentiles que escucharon el evangelio, y
Pedro finalmente “mandó bautizarles en el nombre del Señor” (Hechos
10:48). De esta manera, judíos y gentiles reciben el mismo evangelio y
obedecen el mismo mandato de Cristo.
Efesios explica el resultado
de esta reconciliación. Los gentiles que estaban “alejados” y “ajenos
a los pactos de la promesa” fueron “hechos cercanos por la sangre de
Cristo” (Efesios 2:12-13). Cristo “de ambos pueblos hizo uno” y los
reconcilió “con Dios en un solo cuerpo por medio de la cruz” (Efesios
2:14-16). Por eso Pablo declara que los gentiles son “coherederos y miembros
del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del
evangelio” (Efesios 3:6). Lo que comenzó en una condición de alejamiento
y esclavitud termina en cercanía, reconciliación, pertenencia y herencia.
El bautismo forma parte de
esta respuesta obediente al evangelio. Efesios declara que existe “un Señor,
una fe, un bautismo” (Efesios 4:5). Esta enseñanza armoniza con Gálatas
3:27: “porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo
estáis revestidos”, y con Romanos 6:3-4, donde somos bautizados
en Cristo, sepultados con Él y levantados para andar en vida
nueva. Por eso el bautismo no debe presentarse como una tradición humana
añadida al evangelio, sino como parte de la respuesta obediente al mandato de
Cristo: “Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos”
(Mateo 28:19), y “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos
16:16).
Después de presentar esta
respuesta de fe y obediencia, Pablo llega a una de las verdades más gloriosas: “fuisteis
sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13). El sello
habla de pertenencia, identificación y seguridad. Ya no somos
simplemente personas que han oído acerca de Cristo; en Cristo somos
identificados como pueblo de Dios. El Espíritu Santo es presentado además como “las
arras de nuestra herencia” (Efesios 1:14), es decir, la garantía o anticipo
de aquello que Dios ha prometido. La meta final no es solamente escapar de la
esclavitud del pecado, sino llegar a la herencia que Dios ha preparado para
sus hijos.
Aquí debemos distinguir
cuidadosamente entre el don del Espíritu Santo y los dones
espirituales milagrosos del primer siglo. Hechos 2:38 promete “el don
del Espíritu Santo”, mientras que 1 Corintios 12 presenta diversos dones
espirituales distribuidos particularmente por el Espíritu: “a cada uno en
particular como él quiere” (1 Corintios 12:11). No todos hablaban lenguas,
no todos profetizaban ni todos poseían los mismos dones (1 Corintios 12:29-30).
En el período apostólico, estos dones tuvieron una función especial relacionada
con la revelación y edificación de la iglesia. Hechos 8:14-18 y 19:6 muestran
además la relación entre la imposición de las manos de los apóstoles y la
manifestación de estos dones.
Por eso, no debemos
confundir al Espíritu Santo con los dones milagrosos. El Espíritu Santo
está relacionado con nuestra identidad como hijos de Dios: “todos los que
son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos
8:14), y “el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos
hijos de Dios” (Romanos 8:16). Cristo también prometió al Espíritu como Consolador
(Juan 14:16-17). El Espíritu nos guía, pero esta guía no debe entenderse como
nuevas doctrinas o revelaciones privadas independientes de las Escrituras. El
Espíritu reveló la voluntad de Dios mediante los apóstoles, y nosotros tenemos
esa voluntad en la Palabra de verdad (Efesios 1:13; 4:11-15; 6:17).
Los dones milagrosos
pertenecieron a una etapa particular de la revelación. Pablo dijo que “en
parte conocemos, y en parte profetizamos”, y que llegaría el momento en que
aquello que era “en parte” se acabaría (1 Corintios 13:8-10). Efesios
4:11-13 relaciona los ministerios y dones dados a la iglesia con el propósito
de llevarla a “la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios”.
Una vez entregada la revelación completa, no necesitamos nuevas revelaciones
para conocer la voluntad de Dios. La Escritura es suficiente para hacer al
hombre de Dios “perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2
Timoteo 3:16-17).
Por tanto, el mensaje de “la
esclavitud a la gloria” puede resumirse así: éramos esclavos del pecado,
pero escuchamos la palabra de verdad; creímos el evangelio; obedecimos a
Cristo; fuimos bautizados para perdón de los pecados; entramos en Cristo y
comenzamos una nueva vida; recibimos el don del Espíritu Santo; somos sellados
como pueblo de Dios; somos reconocidos como hijos y herederos; y caminamos
hacia la redención final. El Espíritu Santo nos consuela y nos guía
conforme a la verdad revelada, mientras esperamos aquello que Pablo llama “la
redención de la posesión adquirida”. Y todo tiene una finalidad suprema: “para
alabanza de su gloria” (Efesios 1:14).
Así, la historia del
creyente no termina en el momento del bautismo; comienza allí una vida nueva en
Cristo. El que estaba lejos ha sido acercado, el que estaba esclavizado ha
sido redimido, el que estaba separado ha sido hecho parte del cuerpo de Cristo,
el que no tenía herencia ha sido hecho coheredero, y el que escuchó el
evangelio ahora vive esperando la gloria final de la redención. Todo
procede de Dios, todo se encuentra en Cristo, todo es anunciado por
el evangelio, y todo termina “para alabanza de su gloria”.
Mis hermanos, la columna vertebral de nuestro tema a través de la Palabra de Dios queda entonces muy clara: ESCLAVITUD → EVANGELIO → FE Y OBEDIENCIA → BAUTISMO → CRISTO → ESPÍRITU → HIJOS → HERENCIA → REDENCIÓN → GLORIA.