Efesios 1:13
En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,
Efesios 1:14
que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.
Romanos 8:16
El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.
Efesios 4:30
Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.
En Efesios 1:13-14, Pablo establece una secuencia
fundamental: “habiendo oído la palabra de verdad, el
evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con
el Espíritu Santo de la promesa”. El evangelio no solamente
debe ser oído, sino creído y obedecido, pues
el Nuevo Testamento presenta la obediencia como la respuesta activa de la fe al
mensaje de Cristo (Romanos 1:5; 16:26; 2 Tesalonicenses 1:8).
Esta verdad armoniza con las palabras de Jesús en Juan 3:5: “El que no naciere de agua y del
Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”. El nuevo
nacimiento es indispensable para entrar en el reino, y
cuando examinamos esta enseñanza a la luz del resto del Nuevo Testamento
encontramos que el agua ocupa un lugar
esencial en la respuesta obediente al evangelio: Hechos 2:38 relaciona el arrepentimiento y el
bautismo con el perdón de los pecados; Romanos 6:3-4 presenta el bautismo como sepultura y
resurrección con Cristo para andar en vida nueva; y Gálatas 3:27 afirma que somos bautizados en Cristo y revestidos de Él. Por tanto,
la Escritura permite ver una unidad entre fe, obediencia, agua
y Espíritu: el hombre oye el evangelio, cree en Cristo y
responde obedientemente, participando del nuevo nacimiento “de agua y del Espíritu” y entrando en Cristo.
Además, Hechos 2:38 vincula esta
respuesta con la recepción del don del Espíritu Santo, mientras Efesios 1:13-14 muestra al Espíritu como sello y arras de la herencia. Finalmente, Efesios 4:30 recuerda que aquellos que fueron
sellados con el Espíritu fueron sellados “para el día de la redención”;
por ello, la salvación recibida mediante la obediencia al evangelio debe ir
acompañada de una vida fiel que no contriste al Espíritu Santo.
Así, el énfasis bíblico no está en separar fe, obediencia,
bautismo y Espíritu, sino en comprender cómo estos elementos se
integran dentro de la respuesta del hombre al evangelio de Cristo.