HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: CUANDO EL AMOR SE QUEDA

 

HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: CUANDO EL AMOR SE QUEDA

La tarde caía lenta sobre el porche de madera, y Tomás mecía la silla donde Rosa descansaba sus manos gastadas.
Habían aprendido que la obediencia a Dios no siempre trae compañía, pero sí paz.
Sus hijos partieron un día, prometiendo volver pronto, y el tiempo se volvió largo como camino sin huellas.
Sin embargo, cada atardecer repetían juntos: “Jehová es mi pastor; nada me faltará.”
Porque la fe de los años no se mide por visitas recibidas, sino por confianza sostenida.

Hubo noches en que el viento parecía traer voces, y Rosa pensaba escuchar pasos en la hierba.
Tomás tomaba su mano y decía: “El Señor ve lo que otros olvidan.”
Recordaban cuando los niños corrían por el mismo campo, riendo hacia sus brazos abiertos.
Ahora el silencio ocupaba la casa, pero no su corazón, pues quien honra a Dios nunca queda abandonado.
Y aunque nadie llamara a la puerta, la esperanza seguía encendida como lámpara.

Un día, mientras el cielo se pintaba de oro, creyeron ver figuras acercándose desde el horizonte.
Sombras jóvenes que corrían entre el pasto, como si el tiempo retrocediera por misericordia.
Rosa sonrió con lágrimas: “¿Vendrán por fin?”
Pero Tomás entendió en lo profundo: hay recuerdos que Dios permite ver para sanar, no para regresar.
Y abrazó a su esposa con ternura, sabiendo que la fe también aprende a soltar.

Entonces habló en voz baja, como oración: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen.”
No lo dijo con reproche, sino con verdad que el viento llevaría lejos.
Porque el amor que siembra cuidado siempre espera fruto, aunque no lo vea.
Los hijos olvidan a veces, pero Dios jamás olvida a los padres que aman.
Y en ese conocimiento encontraron descanso más profundo que la presencia humana.

La noche cayó suave, y el río azul reflejó las primeras estrellas.
Tomás y Rosa siguieron meciéndose, juntos, como al inicio de su historia.
No tenían herencia que dejar, salvo un legado invisible: permanecer.
Porque al final, la obediencia más alta es amar sin ser correspondido y confiar sin ser visto.
Y Dios, que ve en lo secreto, guardaba cada lágrima como promesa eterna.

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