HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: AÚN HAY TIEMPO PARA DAR GRACIAS

HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: AÚN HAY TIEMPO PARA DAR GRACIAS

Al llegar el final del año, don Ernesto se sentaba en silencio en la sala de su casa, mirando fotos antiguas. En ellas estaban sus padres ya fallecidos, su esposa dormida en el cuarto después de años de lucha, y sus hijos y nietos viviendo lejos. El ruido del mundo decía “celebra”, pero su corazón decía “extraña”. Fue entonces cuando comprendió que la soledad no siempre viene por falta de gente, sino por falta de gratitud recordada. Y en medio de ese silencio, recordó la Palabra: “Dad gracias en todo” (1 Tesalonicenses 5:18).

Esa noche, don Ernesto abrió su Biblia y entendió que agradecer no es solo un sentimiento, es un acto de obediencia. Dio gracias por sus padres, aunque ya no estaban, porque a través de ellos Dios le dio vida y fe (Éxodo 20:12). Dio gracias por su esposa, no solo por los años buenos, sino por los días difíciles que los hicieron permanecer juntos (Proverbios 18:22). Dio gracias por sus hijos y nietos, aunque estuvieran lejos, porque entendió que no están ausentes del cuidado de Dios (Salmo 127:3). La Palabra viva y eficaz le recordó que todo buen regalo viene de lo alto (Santiago 1:17).

Con lágrimas, también oró por aquellos que olvidaron agradecer mientras aún tienen a los suyos cerca, y por los que este fin de año sienten el peso de una silla vacía. Comprendió que la gratitud no se practica solo cuando todo está completo, sino precisamente cuando algo duele. Y allí, en oración, su corazón fue renovado, porque el Espíritu Santo guía a los hijos de Dios a ver con ojos eternos lo que aún tienen (Romanos 8:14).

Don Ernesto decidió que no esperaría otro cierre de año para agradecer. Llamó a su esposa, escribió a sus hijos, bendijo a sus nietos y levantó su voz al cielo. Entendió que dar gracias hoy es honrar a Dios, y que no olvidar a quienes Él nos confió es parte de nuestra obediencia. Porque quien aprende a agradecer, nunca está verdaderamente solo, y quien reconoce los regalos de Dios, vive con el corazón lleno aun en medio de la ausencia.

Hermanos, no esperemos a perder para agradecer, ni al final del año para recordar. Agradezcamos a Dios por nuestros padres, por nuestro ser amado o compañero de vida, por nuestros hijos y nietos, estén cerca o lejos. Porque la gratitud guarda el corazón, honra a Dios y nos mantiene sensibles a Su amor, hoy y siempre (Salmo 103:2).


 

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