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📖HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: LA OVEJA QUE SE ESCONDIÓ DEL PASTOR

HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: LA OVEJA QUE SE ESCONDIÓ DEL PASTOR

No se perdió de repente. Todo comenzó cuando decidió apartarse poco a poco, evitar la cercanía del pastor y huir de las manos que cuidaban. No rechazó a Dios con palabras, pero sí con distancia. Evitó la corrección, el tiempo del corte y el cuidado, pensando que podía seguir sola. Al inicio parecía que nada pasaba, pero lo que debía ser bendición empezó a convertirse en carga.

La Escritura lo afirma con claridad: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” (Isaías 53:6). Seguía siendo oveja, pero decidió vivir sin pastor, y una oveja sin pastoreo no avanza; solo acumula peso. Crecer no siempre es señal de salud espiritual.

Con el paso del tiempo, la lana comenzó a ocultar heridas, suciedad y enfermedad. Desde afuera nadie lo notaba, pero por dentro todo se estaba dañando. Así ocurre con el corazón que prefiere esconder antes que confesar. La Palabra advierte: “El que encubre sus pecados no prosperará” (Proverbios 28:13). Lo que no se trata a la luz, termina infectando el alma.

Aquella lana, que antes era provisión, terminó cubriendo sus ojos. Ya no veía con claridad, tropezaba y caía, pero aun así creía que estaba bien. Esta es la ceguera espiritual más peligrosa: pensar que todo está en orden solo porque nadie confronta. “Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12).

Llegó el día en que el peso fue demasiado. La oveja cayó y no pudo levantarse sola. No fue el enemigo quien la venció, fue la carga que nunca quiso soltar. Así termina el creyente que rechaza el pastoreo: agotado, debilitado y cargando lo que nunca fue creado para llevar solo. “Sobrellevad los unos las cargas de los otros” (Gálatas 6:2).

Pero el Pastor no abandona a las ovejas que se esconden. Cuando la encontró, no la desechó ni la castigó. La cargó con amor, cortó la lana, limpió las heridas y sanó lo que estaba enfermo. El proceso dolió, pero salvó su vida. Porque después del corte siempre viene una restauración mejor. “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1).

Esta historia no es exageración. Es una advertencia espiritual. Nadie es tan fuerte ni tan maduro como para vivir sin pastoreo. Dios nunca nos llamó a la autosuficiencia, nos llamó al cuidado y a la obediencia. “Obedeced a vuestros pastores… porque ellos velan por vuestras almas” (Hebreos 13:17).

Volver al Pastor no es debilidad; es fe obediente. Fuimos creados para ser guiados, no para escondernos; para dar fruto, no para morir bajo cargas innecesarias. “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11).

 

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