📖“El hombre… florece como la flor del campo; pasa el viento sobre ella, y ya no es” Salmo 103:15–16
Cuán frágil y efímera es nuestra existencia. Hoy nos sentimos radiantes, llenos de vida; mañana, el viento de las pruebas, del dolor o del tiempo nos toca y nos recuerda nuestra fragilidad. Así es nuestra humanidad: hermosa, delicada, pasajera.
Pero la mirada de Dios ve más allá de nuestra temporalidad. Donde nosotros solo percibimos pétalos cayendo, Él contempla la raíz que Él mismo cuida. Donde nosotros vemos finitud, Él ve propósito eterno. Donde sentimos pérdida, Él ya está obrando transformación.
Por eso podemos confiar y descansar en esta verdad: en el jardín de Dios no hay flores muertas. No porque el sufrimiento no exista, ni porque el dolor no nos toque; sino porque el Jardinero eterno nunca abandona lo que Él planta. Aunque nuestras hojas se marchiten, Él nos sostiene; aunque el viento nos azote, Él nos guarda; aunque nadie nos vea, Él nos cuida con amor eterno.
En el jardín del Señor, incluso aquello que parece seco, marchito o quebrantado, es preservado para una nueva primavera. El Dios que nos creó, nos sostiene; el Dios que nos formó, nos restaura; el Dios que nos vio caer, es el mismo que nos levantará.
