En el barco de la vida navegamos
como peregrinos, tal como enseña Hebreos 11:13, donde se nos llama παρεπίδημοι (parepídemoi – “extranjeros
temporales”), recordándonos que esta tierra no es nuestro
destino final. Avanzamos guiados por la brújula de la fe, porque, como declara
Romanos 10:17, “la fe viene por el oír” ἡ πίστις ἐξ ἀκοῆς (hē pístis ex akoēs – “la fe a partir de la escucha”),
y es la Palabra la que mantiene firme nuestro rumbo. En medio de las tormentas,
la gracia de Cristo nos sostiene, pues Él dijo: “Bástate mi gracia” (2
Corintios 12:9), donde χάρις (járis – “gracia, favor divino”) significa el
favor que fortalece en debilidad. Aunque las corrientes del κόσμος (kósmos – “mundo, sistema opuesto
a Dios”), intenten desviarnos (1 Juan 2:17), mantenemos la
mirada en Cristo, nuestro Capitán, porque Él es nuestra seguridad כֶּסֶל (ké·sel – “confianza,
apoyo seguro”) como afirma Proverbios 3:26. Nunca navegamos
solos, pues Jesús prometió estar con nosotros cada día (Mateo 28:20), y Su
Palabra es nuestro mapa seguro, una נֵר
(ner – “lámpara, luz guía”) que alumbra nuestro camino (Salmo
119:105). Aunque el viaje sea largo o difícil, avanzamos con esperanza,
sabiendo que nuestra πολίτευμα (políteuma – “ciudadanía, pertenencia”),
nuestra verdadera ciudadanía, está en los cielos (Filipenses 3:20). Y al final
del viaje, nos espera el puerto eterno preparado por Cristo, quien dijo: “Voy a
preparar lugar para vosotros” (Juan 14:2-3). Así navegamos: sostenidos por la
gracia, guiados por la Palabra y avanzando hacia la orilla celestial donde
hallaremos descanso en Su presencia. 🌊⚓🙏