“¿Quién soy yo, Señor, para predicar tu
Palabra?” Es la pregunta que brota del corazón humilde de aquel que reconoce su
fragilidad ante la grandeza del llamado divino. Jeremías la expresó con temor y
temblor, sintiéndose incapaz, pero Dios le respondió con poder y ternura: “No
digas: Soy un niño.” Porque cuando Dios llama, Él también equipa, fortalece
y respalda. No busca voces elocuentes ni mentes sabias según el mundo, sino
corazones dispuestos, manos limpias y labios que se dejen guiar por Su
Espíritu.
Predicar la Palabra de Dios no es un honor que
alguien se otorgue a sí mismo, sino un privilegio que el Señor concede a
quienes desean servirle fielmente. El verdadero predicador no confía en su
habilidad, sino en la fidelidad de Aquel que lo envía. En cada sermón, en cada
enseñanza, en cada palabra compartida, el poder no está en quien habla, sino en
el mensaje mismo la Palabra viva de Dios que transforma vidas, consuela
corazones y rescata almas.
Así como Jeremías fue llamado desde el vientre
de su madre (Jeremías 1:5), también cada siervo del Señor ha sido preparado por
Dios para cumplir su propósito. Puede que a veces tiemble el alma y la voz se
quiebre, pero el Espíritu Santo da palabras, valor y dirección. Dios no busca
perfección humana, sino obediencia. Y cuando el siervo dice: “Señor, no soy
digno”, el Padre responde: “Mi gracia te basta”.
Por eso, aunque nuestras fuerzas sean
limitadas, el llamado de Dios es mayor que nuestros miedos. Cada vez que
proclamamos su Palabra, Cristo mismo habla a través de nosotros. Y aun cuando
nadie escuche, el cielo registra nuestra fidelidad. El mismo Dios que usó a
Moisés, Jeremías y los apóstoles, hoy levanta siervos de fe para
anunciar su verdad al mundo perdido.
