La verdadera calma no depende de la ausencia de problemas, porque Jesús nunca prometió un camino sin pruebas, sino Su presencia en medio de ellas. Él mismo dijo: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33). La paz que Cristo ofrece no es frágil ni circunstancial, sino profunda y permanente, una paz que guarda el corazón aun cuando la mente no entiende todo (Filipenses 4:7). Descansar en Dios es reconocer que Su soberanía no se altera por las tormentas que enfrentamos.
El corazón que reposa en el Dios eterno aprende a confiar, aun cuando los vientos arrecian. Como los discípulos en la barca, muchas veces tememos porque miramos más a las olas que al Señor (Marcos 4:38–40). Sin embargo, cuando Cristo está presente, la barca no se hunde, porque Él tiene autoridad sobre el mar y el viento. La fe madura no elimina la tormenta, pero afirma el alma en la certeza de que Dios gobierna sobre todo (Salmos 46:1–3).
En esa serenidad espiritual, el alma escucha el susurro de la fe que dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmos 46:10). Allí comprendemos que ninguna tempestad es más grande que Su paz, y que Su mano sostiene el timón de nuestra vida con fidelidad perfecta (Isaías 26:3). Quien confía en el Señor permanece firme, porque su esperanza no está en circunstancias cambiantes, sino en el Dios que nunca cambia (Hebreos 13:8). ⚓📖💖