Sus manos cubrían su boca, no
para ocultar palabras, sino para guardar
silencio delante de Dios. El velo
que rodeaba su rostro no era temor del mundo, sino reverencia ante el cielo. Sus ojos, llenos de lágrimas, miraban hacia lo alto, confiando en que la esperanza verdadera no nace en la tierra.
Como Ana, Dios
escucha aun cuando los labios no se mueven (1 Samuel 1:13). Su corazón estaba detenido ante Aquel que pesa las
lágrimas y entiende el clamor profundo. El paño que cubría su rostro era como el altar donde se ofrece una oración quebrantada.
Porque hay momentos en que la fe no grita, tiembla; no corre, espera; no exige,
confía. “A Jehová esperaré;
esperaré, y en su palabra he esperado” (Salmo 130:5).
Y cuando el alma aprende a esperar así, aun con los ojos húmedos, Dios responde, no siempre quitando la carga, sino dando fuerzas para llevarla y paz para seguir
caminando.