En el porche sencillo de una casa de madera, dos abuelos descansan en
mecedoras gastadas por los años. Sus manos, marcadas por el trabajo y el
tiempo, ya no producen tanto como antes, pero ahora sostienen algo mucho más valioso: la herencia viva de su amor.
No miran cuentas, ni campos, ni relojes… miran
a sus nietos, y en esas risas ven reflejada la fidelidad de Dios a través de generaciones.
El agua que corre frente a ellos no solo es un
arroyo; es un recordatorio del tiempo que fluye, de los días que pasan rápido
como el río. Pero también es símbolo de vida,
renovación y promesas, que siguen corriendo aun cuando nuestras fuerzas disminuyen.
Los abuelos ya no corren, pero sus corazones sí. Corren hacia el pasado
lleno de sacrificios, y hacia el futuro lleno de esperanza. Cada arruga es una oración contestada. Cada cana
es un testimonio. Cada sonrisa es una predicación silenciosa que dice:
“Hasta
aquí nos ayudó Jehová.” (1 Samuel 7:12)
Los nietos, sin saberlo, están parados sobre
los hombros de generaciones que oraron,
trabajaron, lloraron y creyeron. Ellos juegan sin preocupaciones, pero
su risa es fruto de lágrimas derramadas
en secreto por abuelos y padres que clamaron a Dios por su bienestar.
Para muchos, esos abuelos ya duermen en el Señor. Sus sillas están
vacías, pero su presencia sigue llenando
la casa. Sus palabras aún resuenan. Su sonrisa aún vive en la memoria.
Su fe aún sostiene a los que quedaron.
Y aunque ya no estén aquí, no están perdidos, porque:
“Bienaventurados
los muertos que mueren en el Señor… porque sus obras con ellos siguen.”
(Apocalipsis 14:13)
Hoy no solo damos gracias por los que están,
sino también por los que ya partieron. Damos
gracias por cada historia, cada consejo, cada regaño con amor, cada oración
hecha en voz baja por nuestros nombres.
Porque al final, cuando el río del tiempo
llegue a su desembocadura, no llevaremos
cuentas bancarias… llevaremos memorias, amor, fe, y la esperanza gloriosa de
volver a ver a los nuestros en la presencia del Señor.