El salmista afirma que “sus corrientes
alegran la ciudad de Dios”, y la palabra “corrientes” se traduce del
hebreo פְּלָגָ֗יו (pə-lā-ḡāw), que
describe canales distribuidos con intención y orden. Esto revela que Dios no
solo provee vida, sino que la distribuye sabiamente conforme a la necesidad del
alma. La alegría mencionada no es superficial; el verbo “alegran”
proviene de יְשַׂמְּח֥וּ (yə-śam-mə-ḥū), que
significa regocijo profundo y estable. La presencia de Dios trae gozo que
permanece, aun cuando las circunstancias externas no cambian.
En la visión de Ezequiel, el río que brota del
templo sana y restaura todo a su paso (Ezequiel 47:1–9). Este río no
nace de la tierra, sino del lugar santo, mostrando que la verdadera
transformación espiritual no surge del esfuerzo humano, sino de la cercanía con
Dios. En Cristo, este fluir alcanza su plenitud cuando Él declara que “de
su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:38), refiriéndose al
Espíritu Santo. Así, el creyente no solo bebe del río, sino que se convierte en
un canal por donde fluye la vida de Dios. El alma que permanece junto al nahár
divino vive firme, produce fruto y refleja la plenitud del Reino, como
árbol plantado junto a corrientes de aguas que nunca se secan (Salmo 1:3).⚓📖💖
