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📖HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: CUANDO EL SILENCIO SE SIENTA EN LA BANCA

HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: CUANDO EL SILENCIO SE SIENTA EN LA BANCA

La imagen parece exagerada, pero es dolorosamente real: dos personas juntas, espalda con espalda, cubiertas por bolsas que les impiden verse y reconocerse. Así también ocurre en la iglesia cuando la indiferencia se instala sin hacer ruido. Cantamos los mismos himnos, compartimos el mismo pan, pero dejamos de mirarnos el alma. Nadie discute, nadie hiere abiertamente; simplemente nadie se acerca. Y el cuerpo de Cristo comienza a enfriarse, no por falta de verdad, sino por ausencia de amor visible📖“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35).

Había fe en aquella congregación, pero estaba guardada como algo personal. La Palabra se escuchaba, pero no siempre se obedecía📖“Si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él” (1 Corintios 12:26), decía la Escritura, aunque pocos lo practicaban. La indiferencia se disfrazó de prudencia, pero en el fondo fue desobediencia silenciosa. Ver sin involucrarse se volvió costumbre, olvidando que 📖“el que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17).

Un domingo, la enseñanza confrontó sin levantar la voz: la fe que no se traduce en obediencia no transforma vidas📖“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” (Santiago 1:22). Entonces alguien decidió quitarse la bolsa, mirar al hermano y dar el primer paso. Un saludo sincero, una pregunta honesta, una oración compartida. No fue un acto heroico, sino un corazón dispuesto a obedecer en lo pequeño, entendiendo que amar al hermano es mandato, no opción (1 Juan 3:18).

La iglesia comenzó a sanar cuando comprendió que Cristo nunca fue indiferente. Él vio, tocó, escuchó y cargó📖“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45). La obediencia restauró lo que la indiferencia había erosionado, y la fe dejó de ser teoría para convertirse en vida compartida. Porque donde hay amor obediente, el cuerpo vive, y Dios es glorificado (1 Corintios 10:31).

 

 

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