HISTORIA DE FE Y OBEDIENCIA: OJOS QUE ESPERAN EN DIOS
Sus manos cubrían su boca no para ocultar palabras, sino para guardar
silencio delante de Dios. El mundo a su alrededor seguía en movimiento el
agua, el viento, el verdor de la tierra, pero sus ojos estaban fijos en lo
eterno. Había aprendido que la fe no siempre se expresa con voz, sino con
una mirada humilde que espera. En ese instante comprendió que mirar a
Dios es un acto de obediencia, porque solo quien confía plenamente puede
permanecer quieto sin exigir respuestas inmediatas.
Como enseña la Escritura: 📖“He aquí, como los ojos de los siervos
miran a la mano de sus señores, como los ojos de la sierva a la mano de su
señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que tenga
misericordia de nosotros” (Salmos 123:2). Sus ojos, abiertos y atentos,
reflejaban una dependencia absoluta. No buscaban señales visibles ni
caminos fáciles, sino la voluntad del Señor. Ella sabía que cada paso
correcto comienza con una mirada correcta, y que apartarse de Dios con los
ojos es el primer paso para extraviarse con el corazón.
En esa espera reverente, Dios obraba en lo invisible. Los ojos
que miran a Dios no quedan vacíos, porque la fe verdadera siempre recibe lo
necesario, aunque no siempre lo esperado. Allí, en el silencio y la sumisión,
se formaba un carácter conforme al corazón del Señor. La obediencia nacida
de la fe transforma la espera en adoración, y la mirada constante en Dios
en una fuente de esperanza. Así, cuando el Señor extendió Su mano, ella estaba
lista, porque había aprendido a mirar antes de avanzar.
Hoy detente y examina hacia dónde miran tus ojos, porque aquello
que contemplas con constancia termina gobernando tu corazón.
Si tus ojos no esperan en Dios, tu alma caminará cansada, aun cuando siga
avanzando.
Solo quien aprende a mirar a Dios en silencio descubre que la verdadera vida
comienza cuando dejamos de huir y empezamos a obedecer.
