Un día, cada alma comparecerá ante el Dios eterno. No será una cita opcional, sino una audiencia divina en la que se revelará la verdad de nuestra vida. Las máscaras caerán, las excusas se desvanecerán, y solo quedará lo que fuimos delante de Cristo. En ese instante, todo lo temporal se disolverá, y lo eterno ocupará su lugar.
El apóstol Pablo nos recuerda que “todos
nosotros compareceremos ante el tribunal de Cristo”. No habrá ricos ni
pobres, grandes ni pequeños, solo almas ante su Creador. Sin embargo, para
el cristiano fiel, ese encuentro no será de miedo, sino de esperanza.
Porque quien ha caminado con Cristo en la tierra, hallará descanso en Su
presencia en la eternidad.
“Cuando llegue a Tu presencia” no será
un pensamiento de incertidumbre, sino una promesa gloriosa. Es el
momento en que la fe se transformará en vista, la esperanza en gozo, y el
amor en comunión eterna. Los sufrimientos de este mundo quedarán atrás, las
lágrimas serán enjugadas, y la voz del Maestro resonará diciendo: 📖“Bien,
buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:21).
Por eso, cada día que Dios nos concede no
es un día más, sino una oportunidad de prepararnos para ese encuentro. Cada
decisión, cada palabra, cada obra cuenta. Vivir en obediencia, santidad y
fidelidad no es una carga, sino la mejor inversión para la eternidad. Esa
preparación comienza cuando obedecemos al Evangelio de Cristo, creyendo
en Él, arrepintiéndonos de nuestros pecados, confesando su nombre y siendo
bautizados para perdón de los pecados y recibir el don del Espiritu Santo (Hechos 2:38; Romanos 6:3-4). Quien
obedece al Evangelio inicia una nueva vida en Cristo y camina en la esperanza
de la resurrección y la vida eterna.
El cristiano que vive obedeciendo al Evangelio
no teme al juicio, sino que lo espera con paz, porque su esperanza está firme
en la gracia del Señor.
📖“Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” 2 Corintios 5:10
Hermanos, la vida es breve, como neblina que aparece y pronto se desvanece (Santiago 4:14). No sabemos cuándo llegará nuestro momento de presentarnos ante el Señor, pero sí sabemos que llegará. Por eso, vivamos con fe, obediencia y gratitud. No acumulemos tesoros en la tierra, sino en el cielo. No sigamos lo pasajero, sino lo eterno.
Cada día debemos preguntarnos: ¿Estoy
preparado para ver a Dios? Si mi vida terminara hoy, ¿cómo estaría mi
alma delante de Su presencia? Estas preguntas no buscan asustarnos, sino
despertarnos, recordándonos que el amor de Dios nos llama a vivir en
santidad. Solo aquellos que han obedecido al Evangelio y permanecen
fieles hasta la muerte (Apocalipsis 2:10) podrán disfrutar de la
presencia de Dios por la eternidad.
Cuando llegue ese momento glorioso, los fieles
no temerán, sino que se postrarán en adoración. Y en lugar
de escuchar palabras de condena, oirán la voz de su Salvador diciendo: 📖“Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros”
(Mateo 25:34).
Que esta verdad nos impulse a vivir cada día
con un propósito eterno, con los ojos puestos en Cristo, el autor y consumador
de nuestra fe (Hebreos 12:2).
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