Efesios 1:13
En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,
que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.
El evangelio no
solamente se proclama; demanda una respuesta de fe obediente que nos lleva a
Cristo y transforma nuestra vida en Él. El evangelio consiste
en la muerte, sepultura y resurrección de Cristo (1 Co. 15:1–4), y 2 Tesalonicenses 2:14 enseña que Dios nos llamó “mediante nuestro evangelio” para alcanzar la
gloria de nuestro Señor Jesucristo. Romanos 6 relaciona
nuestra respuesta al evangelio con la muerte al pecado, la sepultura y la
resurrección a una vida nueva mediante el bautismo, mientras que Gálatas 3:27 enseña que quienes fueron bautizados
en Cristo se revistieron de Cristo. En Hechos 2:38, Pedro llama
al arrepentimiento y al bautismo en el nombre de Jesucristo para
perdón de los pecados y declara la promesa del don del Espíritu
Santo. Después, Romanos 8:14 enseña que
los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. En este marco, Efesios 1:13–14 presenta al Espíritu Santo como sello y arras de nuestra herencia, mostrando la
garantía de la promesa divina mientras esperamos su consumación. Por tanto, el evangelio es el medio por el cual Dios nos llama a la salvación
en Cristo; la fe obediente responde a ese llamamiento; y el Espíritu Santo
acompaña al creyente como don y garantía de la herencia prometida.
Todo converge en un propósito supremo: que lleguemos a participar de la gloria
de Cristo y que nuestra salvación resulte “para alabanza de su gloria”.