Vivimos en un tiempo en el que existe el peligro de que la voz de los
hombres termine ocupando el lugar que solamente le corresponde a Cristo.
A veces, el conocimiento, la influencia, el liderazgo o incluso nuestras
propias convicciones pueden llegar a ocupar demasiado espacio, hasta el punto
de que dejamos de preguntarnos qué quiere Cristo y comenzamos a preguntarnos
qué quiere el hombre. Pero la madurez espiritual exige recordar quién es
verdaderamente la cabeza. La iglesia no fue edificada alrededor de la personalidad de un
hombre, de su opinión o de su influencia; fue edificada alrededor de Cristo.
Por eso, crecer espiritualmente no significa hacer más grande nuestro nombre,
sino hacer
más grande a Cristo en nuestra vida. Seguir la verdad en amor
requiere firmeza para no abandonar la verdad y humildad para no colocarnos por
encima de ella. Cuando Cristo es verdaderamente nuestra cabeza, no buscamos
ocupar su lugar, hablar por encima de su Palabra ni atraer hacia nosotros lo
que pertenece a Él; buscamos obedecerle, imitarle y conducir a
otros hacia Él. Como nos recuerda Pablo: Sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel
que es la cabeza, esto es, Cristo (Efesios 4:15).